¡A moverse!

El ejercicio es uno de nuestros aliados para la prevención y control de los problemas relacionados con el aumento de peso.

Por Claudia Aguilar

Para nadie es un secreto que la actividad física acarrea un sinfín de beneficios a la salud. Más allá de mantener el cuerpo en buena forma, el ejercicio es un magnífico recurso para prevenir enfermedades –la obesidad entre ellas- e incluso para mantener el equilibrio psicológico y emocional. De acuerdo a la doctora Nieves Palacios, especialista en Endocrinología y Nutrición del Centro de Medicina del Deporte, en Madrid, entre las ventajas del ejercicio sobresalen las siguientes:

  • Disminuye el riesgo de mortalidad por enfermedades cardiovasculares.
  • Previene la hipertensión arterial.
  • Mejora el perfil de lípidos en la sangre: reduce los triglicéridos y aumenta el colesterol ‘bueno’.
  • Disminuye el riesgo de padecer diabetes.
  • Mejora la digestión.
  • Incrementa el consumo de energía corporal y la quema de grasas.
  • Mejora la fuerza y resistencia muscular.
  • Ayuda a mantener la salud de las articulaciones.
  • Fortalece los huesos.
  • Mejora la calidad del sueño.
  • Eleva la autoestima.
  • Ayuda a establecer hábitos de vida saludables.
  • Disminuye la mortalidad.

Hoy por hoy, cuando el tema de la obesidad ha cobrado preponderancia debido a su gravedad y las múltiples enfermedades que puede generar, el ejercicio aparece como una de las estrategias clave para contrarrestarla. Por un lado, la actividad física permite quemar toda esa energía que el cuerpo podría acumular en exceso si se lleva una vida sedentaria, con lo cual se corre el riesgo de padecer sobrepeso u obesidad. Pero además, el ejercicio produce ventajas colaterales que, aunque a primera vista no lo parezcan, también colaboran en la batalla contra esta epidemia:

  • Libera tensiones y estrés.
  • Combate la ansiedad y la depresión.
  • Ocupa el tiempo libre de un modo saludable.

En muchos casos, el hecho de comer en exceso se deriva de necesidades emocionales y psicológicas. Factores como el estrés, la angustia o la depresión pueden disparar un mecanismo de defensa que empuja a la persona a comer demasiado, en un intento de acallar ese malestar interno. La comida se convierte así en un paliativo, una forma de llenar vacíos que nada tienen qué ver con el apetito. Por ende, si el ejercicio libera tensiones y combate estados depresivos o ansiosos, igualmente estará coadyuvando a que el individuo no coma en exceso debido a tales estados emocionales.

Miguel Morilla Cabezas, de la Universidad de Sevilla, España, explica que la actividad física juega un rol fundamental en el bienestar psicológico del ser humano. En primer lugar, el ejercicio distrae: la persona estresada puede alejarse de la situación que le preocupa durante el tiempo que se ejercita e incluso encontrar soluciones a su problema. En segundo, el ejercicio evita ocupar el tiempo en prácticas no saludables, fundamentalmente sedentarias, que favorecen el acto de comer como, por ejemplo, ver la televisión.  

Finalmente, existe una relación entre la actividad física y la segregación de endorfinas en el cerebro, que producen una sensación de bienestar general. Producidas por la hipófisis, las endorfinas proporcionan un efecto sedante –similar al de la morfina- que inhibe el dolor y calma la ansiedad.

En cuanto al tipo de actividad más recomendable, el doctor Cuauhtémoc Gibón Acevedo, médico del deporte, explica que el ejercicio aeróbico –trotar, andar en bicicleta, nadar- mejora el funcionamiento cardíaco y respiratorio, y es el más eficaz para “quemar grasa”, mientras que el anaeróbico –pesas, lagartijas, abdominales, sentadillas- favorecen la fuerza, velocidad y flexibilidad física, lo mismo que el aumento de la masa muscular.

Por todo lo anterior, el ejercicio debe ocupar un sitio preponderante en los hábitos de cualquier persona que busque la salud, sea como una vía para mantenerse en forma, evitar enfermedades, alargar la vida o, sencillamente, para sentirse bien, física, emocional y mentalmente.