¿Qué es un ambiente obesogénico?

Tradicionalmente, el sobrepeso y la obesidad se abordan como si fueran problemas de individuos aislados. Muchas de las actuales estrategias para prevenir y revertir el incremento de obesidad entre la población están centradas en que cada persona cambie individualmente sus hábitos alimenticios (consumiendo más productos ricos en proteínas, vitaminas y minerales, y menos grasas saturadas y carbohidratos) o en que incremente su actividad física. Aunque este enfoque es por supuesto correcto y necesario, dado que la única manera de revertir el sobrepeso y la obesidad es cambiando conductas y hábitos, lo cierto es que hay un factor del que muchos estudios y programas sociales suelen dejar de lado: el ambiente en el que los hábitos se desarrollan y en el cual pretenden modificarse.

Sin embargo, algunos estudios realizados en México y Estados Unidos, entre otros países, han definido que uno de los factores determinantes para la pandemia de sobrepeso es que las poblaciones de la actualidad conviven en un ambiente obesogénico. Éste se puede definir como “la suma de las influencias que el entorno, las oportunidades o las condiciones de vida tienen en la promoción de la obesidad de los individuos o de las poblaciones”[1]. Un ambiente obesogénico juega un papel fundamental a la hora de entender cómo se generalizan ciertos hábitos alimenticios y de actividad física en grandes grupos de gente.

La evidencia más clara para detectar la obesogenicidad de un ambiente tiene que ver con la oportunidad de ingesta y de actividad física. Si pensamos en los ambientes urbanos (en los cuales vive más del 50% de la población mundial actual, según cifras de la ONU), no es difícil darse cuenta de que vivimos en ambientes obesogénicos: para recorrer grandes distancias en las ciudades es casi obligatorio moverse en transportes motorizados que limitan nuestra actividad física; la actividad laboral es mayormente sedentaria; la oferta alimentaria en las cercanías de los centros de trabajo suele ser deficiente, nutricionalmente hablando; los parques, ciclovías y espacios para realizar deporte son pocos o tienen un costo que pocos pueden solventar. En palabras de Hans-Rudolf Berthoud, del laboratorio de neurobiología de la nutrición de la Universidad de Lousiana[2], “el modo en que vivimos, particularmente en lo relacionado con qué, cuándo y cómo comemos y trabajamos ha cambiado drásticamente con la transformación gradual de la sociedad agrícola a la sociedad de consumo en los últimos 50 años. La comida está fácilmente disponible para un enorme segmento de la población, mientras que la oportunidad de realizar trabajo físico y gastar energía ha disminuido”.

Sin embargo, la importancia que un ambiente obesogénico tiene en nuestra definición de conductas y hábitos no comienza en la adultez ni en la adolescencia, sino incluso antes del nacimiento. El Dr. Luis Raúl Betancourt Morales, de la Academia Mexicana para el Estudio de la Obesidad, A.C., asegura que hay alimentos cuya preferencia se establece desde la etapa embrionaria pero, más importante que esto, dice que es en el seno familiar donde los niños aprenden los hábitos alimenticios y de actividad física, al ser los padres quienes educan para tener conductas activas (jugando futbol con sus hijos, llevándolos al parque, etc.) o sedentarias (dando preponderancia a los videojuegos sobre la actividad al aire libre, permitiendo muchas horas de ver televisión, etc.), así como para ingerir ciertos alimentos en vez de otros y, sobre todo, en los tamaños de las porciones. Más allá: es en el entorno familiar donde se forma la percepción que los niños tendrán sobre sus propios hábitos, es decir, donde se les enseñará a ver ciertas conductas como saludables o no. “Las madres mexicanas de niños con sobrepeso y obesidad subestiman el peso de sus hijos hasta en un 40%”, aseguran Y. Flores Peña, P.M. Trejo Ortiz, E. C. Gallegos Cabriales y R. M. Cerda Flores en su estudio “Validez de dos pruebas para evaluar la percepción materna del peso del hijo”.

El ambiente obesogénico no se limita a la educación familiar o escolar (donde la necesidad de los niños por socializar, así como la oferta de productos existente en tienditas y cooperativas, influye en la ingesta y actividad física de los infantes), sino que incluso se extiende a la ubicación de su hogar y a los trayectos que la familia debe hacer a la escuela o al lugar de trabajo, e incluso a la distancia que existe entre el hogar y los supermercados, mercados o mini supermercados. “El vivir a menos de 400 metros de una tienda de conveniencia aumenta el riesgo de sobrepeso/obesidad hasta 4 veces en niñas escolares. El vivir cerca de un mercado o tianguis disminuye sensiblemente la incidencia”, aseguran Leung CW et al. en su estudio “The Influence of Neighborhood Food Stores on Change in Young Girls' Body” (Mass Index 2011; 41(1), 43-51). Factores como la inseguridad, la falta de alumbrado público, la cercanía a grandes avenidas o la falta de parques y jardines en los centros de población, orillan a que los padres prefieran mantener a sus hijos, ya sean niños o adolescentes, dentro del techo familiar, lo cual suele traducirse en pasatiempos en espacios cerrados y, por tanto, sedentarios: en vez de salir a andar en bicicleta, los hijos primero se verán obligados a pasar tiempo frente a la televisión o con videojuegos, y más tarde esa conducta repetida se volverá hábito y muy probablemente, incluso, preferencia.

El ambiente obesogénico en la vida adulta no es demasiado distinto. Primero están las grandes distancias que hay que recorrer en los centros urbanos para ir de la casa al trabajo; las ocho, nueve o diez horas diarias frente a un escritorio (según la última encuesta de la OCDE, el mexicano promedio trabaja 9.37 horas al día, siendo éste el país en el que se trabaja más tiempo en el mundo); la falta de espacios públicos; el estrés que, al provocar ansiedad, puede ocasionar también la necesidad de ingerir más (aunque, irónicamente, uno de los modos más efectivos para lidiar con la ansiedad es la actividad física); la falta de horarios definidos que nos permitan controlar nuestra alimentación. Dice Hans-Rudolf Berthoud: “Nos encontramos cada vez más expuestos a oportunidades para comer. Comparada con los patrones relativamente rígidos del pasado, la disponibilidad de la comida ha aumentado drásticamente en casa, en los sitios de trabajo y entre la comunidad en general. Además de pasteles de cumpleaños y máquinas expendedoras de golosinas en oficinas y escuelas, así como la creciente cantidad de restaurantes de comida rápida, el refrigerador familiar también está retacado con productos listos para comer. Adicionalmente, las porciones han crecido dramáticamente y los buffets y restaurantes de “coma todo lo que pueda” son cada vez más comunes”.

En resumen: tanto niños como adultos, quienes vivimos en centros urbanos tenemos condicionados nuestros hábitos alimenticios y de actividad física por un ambiente obesogénico. El problema debería abordarse desde una óptica multidisciplinaria, en la que se contemple no sólo moderar la ingesta, sino sentar las bases para que la ingesta y el gasto energético se balanceen. Aunque existen ya políticas públicas que tratan de mejorar este ambiente para los menores de edad, a través de educación física obligatoria en las escuelas y limitaciones en las porciones de ciertos productos, por ejemplo, aún falta atender ciertos aspectos fundamentales, como la disponibilidad de espacios públicos, la redistribución de espacios de trabajo, migrar de una cultura de transporte motorizado a una de actividad física, y muchos otros más que aborden el sobrepeso y la obesidad como un asunto de cambio de hábitos y balance energético.

Bibliografía

Amelia Lake, BSc (Hons), RD, RPHNutr, PhD, Tim Townshend, BA, (Hons), MA, MRTPI, “Obesogenic environments: exploring the built and food environments”, Newcastle University, UK.

Hans-Rudolf Berthoud, “The neurobiology of food intake in an obesogenic environment”

Y. Flores Peña, P.M. Trejo Ortiz, E. C. Gallegos Cabriales y R. M. Cerda Flores, “Validez de dos pruebas para evaluar la percepción materna del peso del hijo”

Leung CW et al., “The Influence of Neighborhood Food Stores on Change in Young Girls' Body”

[1] Amelia Lake, BSc (Hons), RD, RPHNutr, PhD, Tim Townshend, BA, (Hons), MA, MRTPI, “Obesogenic environments: exploring the built and food environments”, Newcastle University, UK.

[2] Hans-Rudolf Berthoud, Neurobiology of Nutrition Laboratory, Pennington Biomedical Research Center, Louisiana State University System, Baton Rouge, Louisiana, USA